domingo, 27 de diciembre de 2009

Paseo a la Viña


Era un verdadero paseo de ensueño.
Los pasillos lúgubres y el frío de los subterráneos
calaba la médula de nuestros primeros años.

Mis ojos de niña querían captarlo todo
desde el momento en que emprendíamos viaje
hasta que llegábamos al gran portal
y los jardines de don Melchor nos daban la bienvenida.

Una vez en las bóvedas,
recorríamos los húmedos pasillos
siguiendo la voz de mi padre;
transitábamos por las galerías,
alucinadas con los olores, con las formas
con las empolvadas botellas perfectamente apilladas.

Las barricas agrupadas una sobre otra
en la oscuridad de los callejones
iban abriendo paso hasta la vedada cava.

Recuerdo aquel día en que conocimos
la historia perversa
de las botellas confinadas tras las añosas rejas.

Mis hermanas mayores
bromearon con aquel célebre Casillero;
yo, sin duda, corrí asustada buscando amparo en los brazos de mi padre.

Entonces salíamos a la luz
de aquellos días de primavera ochentera
y venía la caminata por los viñedos.

Una exploración osada,
en medio de las parras cabalmente plantadas.

Nuestra curiosidad imprudente
iba devorando sabores y aromas
a tierra, sol y vid.

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