domingo, 11 de abril de 2010

A mi hija

Yo quería coger las palabras que creía halladas desde siempre,
remover tu corazón con plausibles argumentos;
quise buscar una explicación que no descubrí en tus ojos
ni en la serenidad de tu rostro
ni en la suave novedad de tus manos,
me jugué el corazón en las perpetuas noches de desvelo
y estrujé hasta la última partícula de mi alma herida
y todo lo que conseguí,
fue entender que el amor que te tengo es más fuerte que cualquier cosa en este mundo.
Descubrí que no hay padecimiento alguno peor que perderte.
El sufrimiento de verte tan niña envuelta en una repentina adultez,
pasó entonces a ser una certeza de incondicionalidad.
El amor que te profeso desde que te supe en mis entrañas
se ha hecho carne a punta de lágrima.
Me alivia comprobar que soy capaz de obtener fuerzas en el dolor
y que cuando digo que eres mi vida y que estoy para ti siempre
es porque es y así será eternamente.

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