domingo, 8 de mayo de 2011

07 de mayo



Me detuve en las líneas deformes que dejaron las trizaduras en la cerámica blanca... y me sorprendí pensando en esta fecha. Me encontré muy lejos de aquí, con tu sonrisa blanca conquistando mi vida que luego de esa noche fue tuya para siempre...
Ahí estaba yo, en aquella esquina comprando cigarrillos; hasta ahí llegaste tú, fresco, espontáneo, casi feliz... y entonces nos abrazamos como dos amigos de toda la vida, con la ansiedad insólita de haber esperado tanto ese momento... Salimos del lugar conversando; me reprochabas no responder tus llamados yo te demostraba no tener llamadas perdidas... Llegamos a tu auto cruzando el frontis de la edificación fría y gris que nos cobija a diario; me abriste la puerta, aún recuerdo de quién hablábamos en ese momento. Al interior había un aroma a limpieza, a preocupación, a dedicación. Estaba nerviosa pero por alguna razón también estaba feliz.
Te sentaste frente al volante y partimos, dando inicio a una noche que no olvidaría jamás, a una noche que fue determinante, a una noche que hoy regresa burlándose del tiempo, burlándose de mi...
Cuando bajamos del auto en el estacionamiento aún existía esa densa distancia entre los dos... distancia que nos mantuvo impenetrables sólo por unas horas, sólo por unas copas.
Recuerdo tu rostro en ese primer bar, estabas sentado frente a mi. Tenías puesta la misma chaqueta que llevabas para mi cumpleaños meses después; ese color te sienta bien. Yo te interrogaba mientras encendía un cigarro tras otro, quería escuchar lo que quería escuchar, lo que había ido a escuchar... y tú respondías, con la misma coquetería que yo preguntaba, sin decirme nada...
Luego de los candentes bailes de los asistentes y del hombre de color cantando y bebiendo ron en un pocillo de greda, luego de la pendencia y del sable, salimos de ese lugar rumbo a un espacio "para conversar".
Volviste a sentarte frente a mí, entonces no disimulé las ganas de tenerte cerca y te invité a mi lado. Hasta ahí llegaste. Coqueto. Distendido. Nervioso. Afable. Feliz.
No recuerdo qué preguntas hiciste, pero con seguridad las respondí todas; mi teléfono en silencio vibraba en la cartera, yo quería detener el tiempo, quedarme siempre ahí. Quedarme siempre a tu lado.
Tú me contabas tus historias, me hablabas del accidente acontecido días antes, aquel accidente que finalmente terminó por unirnos.
Yo miraba tus ojos, tu boca, cada vez más cerca de mí. Quería dar ese siguiente paso. Cruzar esa delgada línea que nos separaba. Quería sentir el calor de tus labios pero tenía la certeza, que aún deseándolo tanto, eso podría ser un gran error.
Hablabas de tus años de unión, hablabas de ella y yo escuchaba en silencio repasando en mi cabeza las diferencias que existían entre tu vida y la mía. ¿cómo fue que llegaste a decir que llevabas tantos años invicto? Como sea, eso jamás me convenció y no fue motivo para acercarme, al contrario me hizo retroceder cien pasos y volver a mirarte desde lejos... Luego sólo recuerdo el momento en que nos acercamos lentamente el uno al otro, y como dos adolescentes irreverentes nos fundimos en un maravilloso, infinito y eterno beso.
En ese momento lo supe...
Podría ahora mismo detallar cada una de las palabras de la conversación que mantuvimos... pero qué importancia tiene ahora? Nada de lo que escuché esa noche existió en realidad. Y el resto es historia, yo me volví una niña y no supe de razones... me sumergí en esa alegría infantil, en esa fantasía, en esa burbuja que hoy ya no existe. Y ahora, cuando ya ha pasado toda una vida, te miro y no te conozco. Los besos del hombre amado fueron compañeros de mis lágrimas, y nada volvió a ser igual.

No hay comentarios:

Publicar un comentario