martes, 28 de junio de 2011

Ahora qué...



Ahora que estás en algún lugar del olvido y que tus ojos no tienen la misma mirada que siempre tuvieron para mí, ahora que no tengo tu voz, que no sé de tus novedades, que no te busco ni te espero, ahora que no te apareces en las conversaciones, que no me preguntan por ti, ahora que pasaron los días y salí de tu vida para siempre, ahora que no soy nada para ti, ahora mismo me pregunto qué es volver a empezar. Mi empeño ha quedado a medio camino, en medio de las rocas y de las olas, entre tu mano y mi mano, entre tu piel y mi piel.



Ahora me detengo en el frío y te pienso. Pienso en todas las veces que te esperé, en todas las noches en que - como alguna vez te dije - fuiste mi último pensamiento antes de dormir y mi último sueño al despertar, en todos los besos que te dí y en los que guardé para que jamás faltaran. En las horas en que pasamos observándonos, en los minutos en que soñábamos historias distintas. En las sábanas que nos recibieron, en los desayunos que compartimos, en los paseos de tu mano a la orilla del mar, en las copas llenas de tantas noches...



Ahora que las nubes no se definen en mi ventana, y los espacios de mi vida no llevan tu nombre, ahora que habrá madrugadas en las que te recuerde, espacios donde te imagine, alguna que otra lágrima que ruede por ti.... ahora puedo volver a escribir.

Todo



Un sábado helado y llovido de junio luego de un año sin vernos.

En el sillón de antaño, el libro de poemas que acababas de regalarme "tu tío abuelo... de ahí viene lo tuyo, es el único ejemplar y ahora no puede estar en mejores manos" y entonces vino el abrazo que calzó justo en tu abrazo.
Todo quedó resumido en ese instante; mi voz ya no guardaba rencor, ni tu mirada era de molestia; de mi boca sólo salió la verdad sana para clavarse justo en tu corazón.
Estábamos parados frente a frente, te apoyabas en una de tus repisas de libros, más allá tus aviones, más acá el escritorio de mi niñez en Mosqueto 491 y en el aire el tiempo pasando de largo por nuestra conversación.
Inflaba mi pecho el alivio de hablar sin el temblor en mi voz y con la certeza de que estabas entendiendo cada cosa que decía, cada palabra, cada letra, cada idea, cada verdad.
Mi teléfono sonaba entonces, insistentemente.
¡Pero tú me estabas hablando! nada ni nadie era más importante en ese momento,
"Contesta si quieres" - dijiste - pero no me habría perdonado perder el hilo de esa conversación que jamás pensé tener, que nunca creí posible tener con esa tranquilidad.
A ratos me parecía que tus ojos se llenaban de lágrimas, a ratos lo sentía en tu voz. Hablamos sin atropellarnos, sin levantar el tono, sin ofendernos, sin evitar ningún tema...

Papá, fue la primera conversación que mantenemos de adultos, si no la primera conversación de nuestras vidas...