martes, 28 de junio de 2011

Todo



Un sábado helado y llovido de junio luego de un año sin vernos.

En el sillón de antaño, el libro de poemas que acababas de regalarme "tu tío abuelo... de ahí viene lo tuyo, es el único ejemplar y ahora no puede estar en mejores manos" y entonces vino el abrazo que calzó justo en tu abrazo.
Todo quedó resumido en ese instante; mi voz ya no guardaba rencor, ni tu mirada era de molestia; de mi boca sólo salió la verdad sana para clavarse justo en tu corazón.
Estábamos parados frente a frente, te apoyabas en una de tus repisas de libros, más allá tus aviones, más acá el escritorio de mi niñez en Mosqueto 491 y en el aire el tiempo pasando de largo por nuestra conversación.
Inflaba mi pecho el alivio de hablar sin el temblor en mi voz y con la certeza de que estabas entendiendo cada cosa que decía, cada palabra, cada letra, cada idea, cada verdad.
Mi teléfono sonaba entonces, insistentemente.
¡Pero tú me estabas hablando! nada ni nadie era más importante en ese momento,
"Contesta si quieres" - dijiste - pero no me habría perdonado perder el hilo de esa conversación que jamás pensé tener, que nunca creí posible tener con esa tranquilidad.
A ratos me parecía que tus ojos se llenaban de lágrimas, a ratos lo sentía en tu voz. Hablamos sin atropellarnos, sin levantar el tono, sin ofendernos, sin evitar ningún tema...

Papá, fue la primera conversación que mantenemos de adultos, si no la primera conversación de nuestras vidas...

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